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La política es una de las peores mafias

 

El estigma de llevar el nombre y apellido del narcoterrorista más temido de Colombia hizo que el hijo de Pablo Escobar, el otrora Al Capone sudamericano, cambiara de identidad y pasara a llamarse Juan Sebastián Marroquín Santos (38). De profesión arquitecto y diseñador industrial, se declara pacifista y conferencista. Ama incondicionalmente al Pablo progenitor, pero censura sus acciones criminales. Esta semana presentó, en Asunción, su libro Pablo Escobar, mi padre. ¿Cuánta fortuna amasó Pablo Escobar? ¿A cuánta gente mató? ¿Cuánta verdad, cuánta mentira? He aquí sus respuestas.

-­¿Cómo le gusta que le llamemos? ¿Con su nombre de niño o el actual?

-­En realidad, el tema del nombre, para mí, es como una curiosidad. No significa mucho, porque soy mis actos, no mi apellido ni mis parentescos.

-­Aquí se fijó esta historia de Escobar con la serie televisiva El patrón del mal, que tuvo un suceso extraordinario.

-­Tristemente.

-­¿Por qué? La gente está esperando la segunda parte. Es una historia que acaparó la atención...

-­Es una serie de mentiras.

-­¿No fue así como muestra la serie?

-­No. El patrón del mal está mal, muy mal, porque es una serie que no respeta la historia de mi país, ni la de mi padre ni la de mi familia, ni la verdad real de lo ocurrido. Es una serie que termina tratando de consolidar y reforzar la idea de que Pablo Escobar fue el único culpable de todos los males que le ocurrieron a Colombia entre la década de los 80 y 90. Los que vivimos esa guerra sabemos que no fue así. Obviamente, eso no le resta responsabilidad ni culpa a mi padre de todos los actos violentos, pero, claramente, descontextualiza todo lo que ocurrió, y muchas cuestiones de fondo que no se respetan en absoluto y terminan, además, incitando a los jóvenes a quererse convertir en Pablo Escobar. Creo que el mensaje más preocupante que deja la serie es ese. Que digan mentiras, pues ya estamos acostumbrados a que la gente crea cualquier mentira, que se invente sobre Pablo Escobar; la gente se lo cree. Pero el mensaje...

-­¿Cuáles son los puntos que usted considera no verdaderos?

-­Pues la parte de mi padre entregando a amigos; nunca lo hizo, nunca entregó a nadie. Mi padre violando mujeres, no lo necesitaba. Mi padre insultando y maltratando, no lo hacía. Mandaba matar, pero no insultaba ni maltrataba... Tenía su estilo y hay, además, muchas cuestiones que quedan fuera. Cuando tú estás vendiendo supuestamente un producto como la verdadera historia, entre comillas, entonces, cuentas la verdadera historia. Y estoy seguro de que en la serie no aparecen ni las masacres, ni los asesinatos cometidos por las autoridades, ni las torturas ni las desapariciones.

-­¿Cuánta gente cree que murió en todo este tiempo de enfrentamientos, o bien a cuánta gente mandó matar su padre?

-­No hay un registro oficial de víctimas, nunca lo hubo. Creo que, deliberadamente, no hubo un registro de víctimas para no tener que reparar a ninguna. Porque todas las propiedades que nos quitaron, que eran muchas, podrían haber servido para reparar a las víctimas, pero ninguna se utilizó para eso. Solamente para alimentar la propia corrupción del Estado en la repartija.

-­¿Quién se quedó con todas esas propiedades?

-­Les invito a visitar Colombia para que les pregunten a ellos. Hay gente en la cárcel por haber realizado malversación de los fondos, no solamente el dinero y las propiedades que nos sacaron, sino a muchos otros narcotraficantes. Eso termina revictimizando a las víctimas, porque ahora es el Estado el que, teniendo las herramientas y el dinero para repararlas, se les burla en la cara y no lo hace.

-­¿Cuánta cree que es la fortuna de la que se apropiaron y cuánta acumuló su padre?

-­Es difícil establecerlo, por varias razones; primero, porque gastaba más de lo que ganaba. Era más generoso de lo que podía. Y le gustaba hacer millonarios a sus amigos. No tenía los celos que tenían, por ejemplo, los otros carteles de la droga, que nunca permitieron que sus hombres se enriquecieran, por temor a ser desplazados por el poder que pudieran adquirir. Mi padre nunca pensaba así; tenía una fábrica de millonarios y, mientras pudo, hizo millonarios a muchas personas. No solamente a empleados, sino a gente de la sociedad en general que estaba interesada en participar en ese tipo de negocios muy lucrativos.

-­¿A qué edad se separó de su padre?

-­Digamos que eran separaciones esporádicas, temporales, dependiendo de las circunstancias. La primera vez fue a los siete años, en el 84, con la muerte del ministro Rodrigo Lara. (Fue asesinado el 30 de abril de 1984 por sicarios de Pablo Escobar).

-­¿Él lo mandó matar porque lo trató de narcotraficante?

-­Así es, porque mi padre cometió su peor error, como lo digo en el libro, por haberse metido en la política, una mafia más grande de la que él estaba metido.

-­¿Por qué él, teniendo la fortuna, quería meterse en la política?

-­Creo que debe haber sido el único político en la historia que no ingresó a la política para robar. Ya tenía lo suyo. Ya se había robado su parte. Y estaba entendiendo que ya tenía el poder económico y militar, pero le faltaba el político. El que le iba a permitir ayudar al pueblo de Colombia, como verdaderamente él soñaba que se ayudara... Los puentes que no se construían, los construía él; las escuelas, las canchas, los hospitales, los hacía él, de su bolsillo. O sea, no esperaba que el Estado sacara una licitación, que no iba a llevar nunca a nada, para llevarse todo el dinero luego... Entonces, su deseo de ingresar a la política era precisamente eso: ayudar a los pobres, exclusivamente.

-­¿Quería ser presidente?

-­Sí, sí. Sentía que iba a ser presidente.

-­Y Rodrigo Lara Bonilla era el que le hacía frente.

-­ Yo creo que, como vieron que iba a ser presidente, le frenaron todo... Lo primero que hicieron los políticos fue frenar la totalidad de sus obras de caridad. La víctima de ello no fue mi padre. Él se ahorraba el dinero de seguir construyendo las obras, pero los pobres eran siempre los que pagaban los platos más complicados de todas esas historias. Le suspendieron la obra de “Medellín sin Tugurios”, un proyecto para construir 5000 viviendas. Alcanzó a entregar 1000, equipadas completamente. Y se opusieron todos los políticos, porque veían que él venía creciendo vertiginosamente en todas las encuestas. Era claro que se estaba alzando un líder de corte popular de mucho poder económico, que no era conveniente para la política de Colombia.

-­¿Usted dice que la política es una de las mayores mafias? ¿Escuché bien?

-­No tenga ninguna duda de eso.

-­¿Más que el narcotráfico?

-­Los narcotraficantes matan con sus ametralladoras; los políticos, con sus firmas. Son dos maneras diferentes de matar.

-­¿Eso es hasta ahora?

-­¿Tú crees que ha cambiado algo?

-­¿Cuál es el balance entre lo político y el narcotráfico? ¿Quién está ganando?

-­Creo que hace 40 años está ganando el narcotráfico por goleada, ininterrumpidamente. La evidencia está en la aparición de nuevas drogas. Antes eran seis, ocho... como mucho; hoy hay más de 100 drogas ilícitas. Algunas que ni son ilícitas, porque la ley siempre llega tarde. No han llegado a declararlas ilícitas, entonces, por internet te las traen hasta la puerta de tu casa. La corrupción ha crecido exponencialmente. La cantidad de cargamentos también. El número de kilos de cocaína que transita por el mundo es infinitamente mayor al que circulaba en la época de mi padre, a pesar de que tenemos un mundo después del 11 de setiembre, en el que se han triplicado los controles, y agudizado todo tipo de requisas y demás. Cómo sigue llegando la droga a todos lados y nadie se da cuenta, nadie la ve... Son genios los narcos. (Ironiza).

-En la serie muestra que Pablo Escobar muere acribillado sobre el techo mientras escapaba.

-­Otra mentira.

-­¿Acaso no fue así?

-­En absoluto. Mi padre eligió que fuera encontrado ese día (2 de diciembre de 1993). No fue que lo descubrieron; simplemente, la cuestión era que estábamos siendo rehenes del Estado colombiano, como lo reconoció el propio Gobierno. ¿Por qué digo rehenes? Porque no existía ninguna orden judicial que restringiera nuestra libertad para movernos por el mundo. Sin embargo, fuimos subidos a patadas a un jumbo de Lufthansa por las autoridades alemanas e Interpol y fuimos forzados a regresar a nuestra patria, a sabiendas de todas las autoridades de que nos iban a matar. Irrespetando los derechos humanos, entre los cuales están los de dos menores de edad y dos mujeres (su madre, María Victoria Henao, y Andrea Ochoa, su novia). No era que estaban deportando a un ejército. Yo tenía 16 años en 1993.

-­¿Y su hermana?}

-­Manuela tenía nueve años. Hoy, vive en Buenos Aires con todos nosotros. Se llama Juana Manuela. De ella no hablo.

-­¿Y su madre?

-­Se dedicaba a cuestiones inmobiliarias hasta que el negocio funcionaba en Buenos Aires. Ahora está complemente parado por las decisiones del Gobierno actual, que tiene planchado por completo, pero también está en temas de arte, coach ontológico, diseño de interiores. Es una madre cabeza de familia, quien ha trabajado toda la vida. Ha hecho de todo.

-­Usted cambió de nombre.

-­Legalmente, cambié mi identidad. Todos cambiamos. Hasta los perritos de la casa. Victoria Henao es mi mamá, pero ahora se llama María Isabel Santos. Es una identidad legal.

-­¿Volvieron a Colombia alguna vez?

-­Catorce años después volví, en el 2008, por 72 h, pero me quedé un mes. Fui a encontrarme con los hijos de Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla, para el documental Pecados de mi padre, proyectado por la ONU en la Celebración del Día Internacional de la Paz.

-­¿Cómo lo recibieron?

-­Gracias a Dios, no a balazos. Eso ya es mucho. Me encontré con unos jóvenes muy generosos, muy bien predispuestos para hablar de cuestiones que nos habían afectado claramente en nuestras vidas para siempre. Como ellos, pues, al final de cuentas, quedamos todos huérfanos. Y encontré una generosidad, un deseo de hallar, de buscar la reconciliación genuina, pues son todos políticos. Estoy seguro de que, en esa reunión, los trajes políticos quedaron afuera antes de cruzar el umbral. Allí estábamos personas, familias colombianas que hemos sufrido una violencia sin precedentes en la historia del país. Yo consideraba que me correspondía como “hijo de” asumir la responsabilidad moral por los crímenes que mi padre había cometido con todas esas familias, contra todas las familias que habían sufrido esa violencia.

-­¿Cómo los convenció para que lo recibieran?

-­Justamente para eso les escribí una carta de cinco páginas. Somos contemporáneos. Yo tengo 38 años y varios kilómetros...

-­Volviendo a la historia de Pablo Escobar, ¿cuánto tiempo estuvo en la clandestinidad con su padre?

-­Desde los siete años.

-­¿Es cierto eso de que debieron quemar billetes para hacer fogatas y no tener frío?

-­No, pero es cierto que el dinero que teníamos entonces no nos servía ni para comprar comida. Nos moríamos de hambre, teniendo millones.

-­¿Por qué?

-­Pues no había libertad para salir a comprar arroz, pero había plata para comprar el supermercado completo.

-­¿El epicentro de la actividad siempre fue Medellín?

-­Siempre fue Medellín o alrededores. Nunca íbamos muy lejos.

-­Se habla mucho de que su padre pagaba a políticos, los compraba. ¿Fue testigo de eso?

-­Yo lo revelo en el libro. Dos campañas presidenciales, concretamente la de Belisario Betancur y la del presidente (Alfonso) López Michelsen, fueron financiadas por mi padre.

-­¿Se habló de cifras?

-­Están en el libro, en cada caso. López, como 26 millones de pesos.

-­¿O sea fueron suficientes para ganar las elecciones?

-­Es que allí no importaba quién ganara. Es como el narco: llega y apuesta todos los números y colores de la ruleta... No le interesa cuál va a caer, no apuesta a ningún número en particular; tiene dinero de sobra para hacer todas las apuestas que sean necesarias.

-­¿Eso es solo en Colombia, o afuera también?

-­Creo que cada vez empezamos a verlo más en Latinoamérica, y en las potencias, también, la hipocresía.

-­Ahora en el Paraguay se habla mucho de narcopolítica y financiación del narcotráfico a las campañas electorales.

-­Yo no creo que haya ningún país en el planeta que pueda declararse libre de narcopolítica. Ya con el narcotráfico está entendido que por la vía del narcoterrorismo lo único que se lograba era atraer la total atención de las fuerzas de seguridad y el desplome de las organizaciones criminales, como le pasó a mi padre. Así que aprendieron la lección y entendieron que la corrupción es el arma más poderosa que tienen para minar las instituciones, y han hecho un buen trabajo.

-­Pero a su padre le reemplazaron otros...

-­Mátalos a todos (los narcos) y al día siguiente van a haber quienes los reemplazan. Hay una larga cola esperando para ocupar sus lugares. Si mañana los matas a todos, los encarcelas a todos, ¿tú crees que pasado mañana va a faltar droga en el mundo? Ni por un minuto.

-­¿Entre los que entregaron a su padre están los del Cartel de Cali?

-­El principal entregador fue mi propio tío Roberto Escobar, su hermano mayor, y mi abuela Hermilda Gaviria, y el resto de sus hermanos. Son los principales traidores. Está en los primeros capítulos del libro. Siguen tranquilos en Colombia. El premio por haber entregado a mi padre es la tranquilidad total para vivir en Colombia.

-­¿Y a qué se dedican?

-­A decir que aman a mi padre, cuando lo vendieron y entregaron a sus enemigos.

-­¿Ellos localizaron el lugar donde estaba escondido?

-­Hay muchas maneras de entregar a alguien. No necesitas saber exactamente dónde está para entregarlo. Puedes señalar a una persona, un lugar...

-­¿Hubo un motivo económico?

-­Yo quisiera saber cuál fue el motivo, porque la historia de Caín y Abel palidece frente a esta. Parece un cuento de hadas. Y no es que me lo contaron ni es una especulación. Yo fui a una reunión del Cartel de Cali en la que habían dos sofás. De un lado, este es el Cartel de Medellín o de los que habíamos nacido allí dentro y, en frente, el del Cartel de Cali y todos los enemigos de Colombia contra nosotros. De ese lado estaba mi abuela, mis tíos y primos. Todos.

-­¿Cuándo fue eso?

-­Después de la muerte de mi padre, cuando se repartieron el botín de guerra entre todos.

-­¿Y dónde estaba el botín?

-­En todas partes. La policía cree que sabía todo, pero no lo sabía. Los enemigos sí conocían todo, porque habían sido compinches y socios de mi padre tiempo atrás. Sabían todos los movimientos.

-­¿Y ustedes, los hijos y la esposa, quedaron sin nada?

-­Nos hicieron el favor de quitarnos todo. Porque si no nos lo hubiesen quitado, uno con tanta plata en el bolsillo enloquece más rápido. El mundo entero nos cerró las puertas: Naciones Unidas, el Vaticano, la Cruz Roja Internacional, el Premio Nobel de la Paz, nadie nos atendía. Así que nos tocó cambiarnos la identidad para poder salir de Colombia.

-­¿Tuvieron que esperar mucho tiempo pasa salir del país?

-­Siempre quisimos, pero no dejaron. No había restricciones legales de ningún tipo. Nos quedamos un año más bregando, haciendo peticiones, rogando por un metro cuadrado en el mundo para vivir. Seguimos viviendo en Bogotá y, luego, nos cambiamos a un departamento protegidos por la policía, la fiscalía, diferentes organismos de seguridad. Y ahí nos fuimos para Mozambique (África).

-­¿Por qué Mozambique?

-­Fue el único que se atrevió a darnos una ayuda humanitaria a cambio de USD 1.000.000. La idea era esa, pero no nos gustó Mozambique. Era un país que estaba en guerra 20 años de guerra civil, millones de mutilados, personas muertas y desaparecidas. El país estaba en ruinas. Estaba cien veces peor que Colombia y, entonces, no había futuro tampoco para nosotros ahí. Fuimos para vivir allí diez años y duramos apenas cuatro días.

-­¿Y pagaron un millón de dólares?

-­Por suerte no. Trescientos mil dólares alcanzamos a entregar al Gobierno de Mozambique. Hay muchos países en venta.

-­¿Pero de dónde iban a obtener ese dinero si es que les sacaron todo?

-­Todavía teníamos, no nos habían quitado todo. Todos los días venían mafiosos a decirnos: “Venimos a cobrarte lo que nos gastamos persiguiendo a tu padre durante diez años, si no te mato...”.

-­¿Hay un monto que tuvieron ustedes? ¿Cuánto es lo que heredó su madre a la muerte de Pablo Escobar?

-­Yo creo que de la mafia no se hacen inventarios, pero más o menos deben haber sido 100 o 200 millones de dólares y monedas. Creo que alcanzaría para comprar un par de países.

-­¿Y cómo fueron a parar finalmente a la Argentina?

-­Pues nos habíamos cambiado la identidad y nadie lo sabía. Eramos NN. Ya estábamos disfrutando del privilegio de no ser el mal. Nosotros elegimos en 10 min los nombres, y lo único que tuvimos en cuenta es que no fueran mafiosos los apellidos. Marroquín fue un presidente y Santos también. Marroquín y Santos son los que elegimos (de una guía telefónica). Ahora, mi primo es el presidente.

-­¿Fue legal el cambio?

-­Hasta la saciedad de legal. Tanto que nos metieron a la cárcel por ello y nos absolvieron después. En Argentina estuve dos meses preso y mi madre, dos años, que le robaron de su vida. Era en la época de Menem.

-­¿Por cambio de identidad?

-­Por portación de apellido y ADN. Esos eran los verdaderos delitos. Después, los disfrazaron con sus respectivos códigos penales. Pero la realidad era pura discriminación y prejuicio.

-­Entonces, ¿la abuela que tanto salía en la serie era una de las que entregó a Pablo?

-­Sí, la amorosísima. La que daba consejos, todo un amor. Esa viejita tan querida. Tengo muy gratos recuerdos de la abuelita hasta que entregó a mi papá. Fue muy buena abuela hasta que vendió a su hijo.

-­¿Qué recuerda de su padre en la última etapa?

-­Me advirtió sobre la traición de su hermano y familia. Eso recuerdo entre miles de otras historias. Él se murió sabiendo quiénes lo amábamos y quiénes no.

-­¿La serie muestra que la madre va a reconocer el cuerpo?

-­Claro, a asegurarse de que estaba bien muerto.

-­¿Como se enteró usted de que su padre fue muerto?

-­Yo estaba hablando con él 10 min, pidiéndole que no llamara más, colgándole el teléfono para que no lo encontraran, pero él persistía para que lo ubicaran. Estaba dejándose encontrar. Yo estaba tratando de impedir que eso pasara, protegiéndolo.

-­¿Por qué querría que lo encontraran después de esconderse tanto tiempo?

-­La condición era muy sencilla: o iba a aparecer toda su familia entera muerta, la que montaron a patadas en el avión en Alemania, o él. No había más. Así que apareció él, después de que durante 10 años se burló de la CIA, la DEA, el FBI, la Interpol, el Mossad, de todos.

-­¿Se sintió acorralado, no planeaba huir?

-­Iba a ir al día siguiente. Había comprado un frente guerrillero para comandarlo, en la selva de Colombia.

-¿­Iba a combatir en la selva de Colombia?

-­Sacó un comunicado y fundó el grupo que se iba a llamar Antioquía Rebelde, buscando la independencia de su propia provincia, soñando que eso iba a ser posible, pero bueno, no lo fue.

-­¿Pablo Escobar estaba realmente bien física y mentalmente como para decir que iba a formar un frente guerrillero para combatir?

-­Mi padre podía ver el helicóptero encima disparándole y era capaz de pedir el almuerzo. El miedo nunca lo condicionó ni lo hizo temblar. Creía en el destino. Estaba bien, porque habían llevado más de un año persiguiéndolo y no lo habían hallado. Pero agarraron su talón de Aquiles, que eramos su familia. Un año estuvo escondido en la última etapa.

-­¿No estaba en el mismo lugar, por supuesto?

-­Ni siquiera nosotros sabíamos dónde estábamos escondidos, porque nos llevaban con los ojos vendados.

-­¿Cómo fue eso de que Pablo pidió un unicornio para su hija?

-­El unicornio azul que se perdió... El mentiroso de Popeye (John Jairo Velázquez, exjefe de los sicarios del capo) fue el que inventó que mi hermanita quería un unicornio y que mi papá le hizo uno. Es una mentira de semejante estupidez.

-­¿Usted llegó a decir que le ponían mucho glamour a la serie televisiva?

-­Le ponían, no. Le tiraban por cantidades alarmantes. No hay nada que carezca más de glamour que la vida del narcotraficante. Si hay algo que no tiene glamour, es esa vida. El verdadero patrón está en mi libro.

-­En el tema narcotráfico, ¿dicen que el error fue hacer pública su vida?

-­Así es. Creo que fue un precursor en eso, porque si revisan la historia reciente de Colombia, después del año 2000, llegó un momento en que teníamos la mitad de nuestro Congreso y, creo que no me equivoco diciendo, la mitad más uno. No había cuórum detenido por vínculos con el narcotráfico, ni el paramilitarismo ni la guerrilla. Así que, de pronto, a él lo descubrieron.

-­Si usted dice que su padre no es culpable, ¿entonces quién es el culpable?

-­Hay una cosa llamada prohibición, que es la gran incitadora, la gran patrocinadora de esa violencia.

-­¿Cómo podríamos evitar que el narcotráfico financie las próximas campañas electorales?

-­(Suspira y hace una pausa). ¡Dios mío! Está difícil eso. Es que hay una ideología a la que todos son afines y es a la del dinero. Hay veces que los políticos necesitan mucha plata para sus campañas y, muchas veces, en su propio desespero ya ni miran de dónde la reciben. No les interesa. Entonces, el narcotraficante se mimetiza y aprovecha. Pone a terceros y compra a familias enteras para mover sus hilos en el poder.

-­¿Cómo compatibiliza esa admiración que siente hacia su padre con su condición de que haya sido el más temido y sanguinario narcotraficante?

-Yo no siento admiración hacia mi padre. Siento un amor incondicional y no negociable, que es diferente a sentir admiración. Es un amor que no me impide reconocer todos los crímenes, como lo digo en el libro, pero no es admiración. Yo admiraba a Michael Jackon, Elvis Presley, pero me parece que mi padre no es una persona para ser admirada.

Agradecimiento

“A mi padre, quien me mostró el camino que no hay que recorrer”.

10 DE MAYO DE 2015.

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