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“Nunca se nos pasó por la mente que EE.UU. no cumpliría la orden del Tribunal de La Haya”

José Emilio Gorostiaga, uno de los más influyentes abogados penalistas de nuestro país, fue el profesional que estuvo hasta el último instante detrás del argentino paraguayo Angel Francisco Breard para detener su ejecución en la cárcel de Greensville, en Virginia. En esta entrevista, el conocido jurista y catedrático de la Facultad de Derecho relata y describe los penosos instantes que pasó muy cerca del condenado hasta la hora de su muerte, por inyección letal, tras ser hallado culpable de asesinato. Gorostiaga dice dudar de la legalidad del juicio contra Breard y sostiene firmemente que EE.UU violó en forma flagrante el Convenio de Viena al hacer caso omiso de una orden del Tribunal Internacional de La Haya para paralizar la condena.

 

- Realmente habrá sido una experiencia muy fuerte la que vivió usted al defender a Breard.

- Sí. Verdaderamente fue una experiencia nunca vivida por mí. Es la primera vez, y por unanimidad de los jueces que la Corte Internacional de La Haya se expiden contra EE.UU. bajo el argumento de que se violó la Convención de Viena. No estuvo en cuestión la inocencia o la culpabilidad del señor Breard. Los que lo arrestaron no avisaron de su detención al cónsul del Paraguay como es su obligación.
 
- Las autoridades norteamericanas dicen que él tuvo todas las garantías. Tuvo abogados...
- Es muy diferente. Un abogado designado de oficio por las autoridades no se puede comparar con un abogado de máxima confianza elegido por el mismo detenido.
 
- ¿No sirve?
- La causa principal por la cual Angel Breard fue condenado a la pena capital es no haber contado con un abogado de su elección.
 
- ¿Acaso la ejecución no fue detenida ya una vez, hace un año más o menos?
- El 2 de mayo de 1996 debió ser ejecutado. El 28 de abril de 1996 conseguimos la detención de la ejecución mediante un recurso de inconstitucionalidad.
 
- ¿La Haya pidió la suspensión de la ejecución o simplemente hizo un pedido no obligatorio?
- La paralización de la ejecución fue lo que se trató. La Corte se expidió y nos dio la razón en forma unánime. Independientemente, fue fijada la fecha para presentar la argumentación final, el próximo 9 de junio para Paraguay y el 3 de setiembre para EE.UU. Eso es para decidir si hubo o no violación del tratado. Nunca se nos pasó por la mente que EE.UU. no cumpliría la orden. Llevaremos el caso hasta el final y estamos seguros de que EE.UU. será obligado a resarcir económicamente a los familiares de la víctima.
 
- ¿Seguro que era una orden?
- “Order”, “Order”, dice (muestra el papel y cita la palabra como en inglés) este gobernador Gilmore.
 
- ¿Cómo es que se llama?
- James Gilmore. Este señor actuó con total desprecio de las obligaciones contraídas por su país en el orden internacional.
 
- ¿Cuánto usted supo que ya no había caso de detener la ejecución?
- Cuando la Corte tardaba en expedirse y cuando tampoco el gobernador daba señales. Al intuir que lo iban a matar, decidí ir a acompañarlo a Greensville.
 
- ¿A qué hora?
- Yo llegué aproximadamente unos 20 minutos antes de las 9. Era impresionante el movimiento que había. Estaban todas las luces prendidas. Parecía que se había preparado una fiesta de gala. Los funcionarios estaban con su mejores uniformes, las mujeres con sus vestidos de noche.
 
¿Con sus vestidos de noche? ¿Cómo?
- Daba la impresión de que estaban como para una recepción. Me llamó mucho la atención. Se desplazaron pantallas de televisión. A las 9 no teníamos noticia todavía. Antes de verlo, me enteré por celular de que la decisión estaba en manos del gobernador de Virginia.
 
- ¿Cómo estaba él?
- Estaba sereno, un poco nervioso. Hablamos mucho. También estaba un pastor evangélico. Me apretaba fuerte las manos a medida que pasaba la hora. Me decía: “Son las 9 y 20. ¿No hay novedades, hay alguna esperanza?”. Yo le respondía: “Sí. Mientras haya vida, hay esperanza”. Hablábamos, hablábamos. Después nos sentábamos a descansar. Le hablaba el pastor. Después me decía de nuevo: “Son las 10 menos 20. ¿No hay noticias todavía?”. Yo le repetía que no. Volvía a preguntar: “¿Hay esperanza?”. Yo le decía: “Sí, hay esperanza”.
 
- ¿Y después?
- A las 10 y 35 llegaron los verdugos, dos gigantes, unos grandotes como esos pivots de la NBA, con una sillita de ruedas. Vino el director y dio lectura a la sentencia. Me tenía tomado de las manos. Me apretó fuerte. Parecía atontado, después sereno. Nos agradeció a todos. Lo esposaron. Abrieron la puerta para llevarlo tres metros hasta la sala de la muerte. Me pareció ridículo.
 
- ¿Qué fue lo último que le dijo?
- “Me voy. Dentro de poco voy a estar allá arriba”. Se fue muy sereno. Su espíritu religioso le ayudó mucho. Hay que estar ahí para sentir tanta impotencia. Se me anudó la garganta.
 
- ¿Usted vio todo?
- Yo entré. Había una camilla. Lo acostaron. Le amarraron las piernas, los brazos. Le pusieron una correa alrededor del estómago. Cuando le iban a inyectar, me retiré. No quise ver. Me causó una gran impresión. Yo le llegué a apreciar mucho. Tanto luché por salvarlo y lamentablemente no pudimos llegar.
 
- ¿Qué hizo?
- De ahí salí y me fui hasta el hotel donde estaban su mamá y sus familiares. Compartí con ellos. Era una cosa penosa, triste. Pero estuve cerca del dolor humano. Yo mismo lo sentí.
 
- ¿El puede ver a los que presencian la ejecución?
- Sí, puede ver. Pero ahí adentro estaba rodeado de todos estos tipos grandotes, seguramente para prever algún movimiento de resistencia.
 
- ¿Qué le hacen? ¿Es como si fuera una operación más o menos?
- No tanto. Le aplican tres inyecciones. Una parece que es para relajarle, otro para dormirlo y otro para provocar un ataque directo al corazón. Lo que es más horrendo es la silla eléctrica. Ahí le cocinan a la persona. Sale humo de su cuerpo.
 
- ¿Cómo era Breard?
- Era un muchacho excelente. Hizo sus estudios primarios en la Inmaculada Concepción. Se recibió de bachiller en el liceo Andrés Bello. Hizo su confirmación (muestra una foto donde aparece comulgando con monseñor Jorge Livieres). Siempre estuvo cerca de la Iglesia.
 
- Pero se le atribuye un crimen abominable.
- Yo quiero decir dos palabras sobre eso. Lo calificaron de delincuente consuetudinario, de alto riesgo y alta peligrosidad. Le endilgaron todo eso gratuitamente.
 
- ¿Por qué cree que se descompuso?
- El tuvo un accidente de tránsito muy grave. Quedó en terapia intensiva. Como consecuencia de ese accidente, la madre quedó con una deficiencia en una pierna. Eso le dejó medio traumatizado y le prometió que juntaría plata en EE.UU. para hacerla operar allá. Entró en la Universidad de Boston para estudiar inglés. Ahí se enamoró de una chica y se casó. Su matrimonio fue un desastre.
 
- Se separó.
- Lo echaron. Lo humillaron. Le tiraron en la calle con sus maletas cuando le vino a visitar su mamá. A partir de ahí se quedó solo y comenzó a caer vertiginosamente.
 
- Era alcohólico.
- Empezó a frecuentar ambientes promiscuos, desengañado de su matrimonio.
 
- Ahí ocurrió el asesinato.
- Yo no admito en un 100 por ciento que él haya sido autor de la muerte y del intento de violación y homicidio de Ruth Dickie.
 
- ¿Usted no acepta?
- Tengo mis dudas. Este muchacho, si llegó a cometer el delito, lo hizo por imperativos de orden social, económico, afectivo, situaciones transitorias de su vida. No es un ser humano perverso, irrecuperable, como lo pintaron. Estaba totalmente recuperado para reincorporarse a una vida lícita en una comunidad.
 
- ¿Cómo se mezcló con la Ruth Dickie?
 
- Esta mujer, de 39 años, estaba en un bar próximo a su casa la noche del suceso. Estaba ingiriendo bebidas alcohólicas desde las 6 de la tarde hasta las 9, las 10 de la noche. Discutió con los mozos. La echaron. Al salir, se encontró con una persona en la calle. Pudo ser Breard. Pero nadie vio. No hay testigos. Ella entró a su departamento con la pareja voluntariamente. Vivía sola. Según los vecinos, estaba acostumbrada a recibir amigos en su casa. Tenía un etilismo agudo esa noche. Nadie pudo identificar quién fue.
 
- Lo apresaron seis meses después, con otra chica.
- ¿Usted sabe lo que son seis meses sin que haya un sospechoso? Breard viv¡a a tres cuadras de ahí. Se quedó a vivir de lo más campante en su casa. Llama la atención. Si él hubiese sido el culpable, tenía que haber huido. ¿Por qué se quedó? Es una de las dudas que tenemos.
 
- La segunda vez lo pillaron in fraganti.
- Noo. Fue una rencilla callejera con una prostituta callejera y un caficho que estaba por ahí. Lo agredieron. Lo aprehendieron y lo llevaron para averiguaciones. No hubo denuncia judicial ni nada. Allí lo interrogaron sobre el crimen de Ruth Dickie. Negó. Después de unos días apareció su confesión.
 
- Pero le encontraron rastros de ADN, de cabellos.
- ¿Pero quién nos garantiza que ese pelo que ellos utilizaron para el cotejo fue un pelo encontrado verdaderamente en el cuerpo de Ruth Dickie? ¿Quién?: ¿la Policía?, ¿sin intervención de nadie? No se encontró semen ni en la vagina ni en el ano. Demuestra que no hubo ningún acceso carnal. Se encontró en la sección pubiana.
 
- Dicen que se hicieron 10 procesos que demostraron que es el culpable.
- Yo le puedo asegurar que, de haber contado con un abogado de su elección y habérsele notificado a su cónsul para que pudiera implementar su defensa jamás Angel Breard iba a ser condenado a la pena capital! A lo sumo se le iba a imponer una pena de veinte años. Hay una cantidad de razones que atenúan la responsabilidad penal y mitigan el crimen.
 
- El confesó.
- Bueno, eso mismo. Si es la confesión la prueba, eso mismo es atenuante de la responsabilidad porque él está cooperando con la justicia.
 
- ¿Por qué cree que confesó?
- Porque su abogado le dijo que tenía que hacerlo. Su abogado lo único que quería era que se termine el pleito porque para él es una carga pública. ¿Usted cree que (el famoso ex jugador de béisbol) O. J. Simpson hubiera salido no culpable si hubiese tenido un abogado de oficio como tuvo Breard?
 
- Salió inocente.
- Yo presencié ese juicio. Tuvo un “team” de abogados de los mejores. Se denominó el “dream team” de abogados, para hacer una comparación con el equipo de básquetbol de las estrellas de EE.UU. Eso lo digo para demostrar cómo cuando se les da amplitud a las posibilidades de defensa, es muy difícil que se le imponga una pena tan severa como la muerte a un detenido. Nosotros nunca abogamos por impunidad. Solo pedimos un juicio nuevo. La maldad del gobernador de Virginia se puso de manifiesto, o su interés político. Si esa desobediencia de las leyes internacionales ocurriese acá, ellos nos hubieran mandado los marines de inmediato. Su actitud es de una soberbia inaudita, la soberbia del poderoso ante el débil.
 
 

Hugo Ruiz Olazar
Publicado en el Diario ABC Color
Asunción, 2 de mayo de 1998

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